Gravitas
En 2026, se dice que el buen gusto es lo que nos va a diferenciar de la inteligencia artificial. No lo dudo, porque en realidad siempre ha sido el caso, pero creo que su valor no va a recaer ciegamente en los aesthetics que venden los influencers de la romacondesa, ni en conceptos abstractos de los académicos del Arte, ni mucho menos en las directrices de Silicon Valley.
Creo que el verdadero valor del buen gusto residirá en la valentía de formar uno propio de manera consciente en lugar de delegarlo, y en la voluntad de articularlo públicamente en lugar de guardarlo tras bambalinas.
Buen gusto
Creo que los cambios en el mundo y la expansión de la conciencia nos invitan a aspirar a ser valientes y originales, especialmente en un contexto en el que la inteligencia y la habilidad técnica se convierten en commodities automatizables.
El argumento de que el buen gusto es algo que ninguna máquina puede replicar sin importar cuán inteligente sea, es parecido a lo que expone el Papa León XIV en su primera encíclica, Magnifica Humanitas. Es cierto que es resultado de transitar la experiencia humana de manera consciente, porque la máquina puede replicar un resultado pero no la experiencia vivida.
Por eso no se trata de algo que se puede poseer, comprar o copiar. Lo intuyo mas bien como una cualidad desarrollable y al alcance de todos quienes tengan la valentía de curar el propio entorno, la vida social, los algoritmos, las conversaciones e interacciones de una manera consciente, deliberada, y enraizada en experiencias personales, especialmente aquellas que nos acercan a lo divino o sobrenatural.
Desarrollar un sentido propio del buen gusto tiene valor porque es un proceso de curaduría intelectual y de discernimiento moral que requiere una relación personal con La Verdad.
Es un proceso que se forma y que de cierta manera nos va formando también. Es la base de cualquier proceso creativo, de cualquier expresión auténtica, y la única forma genuina en la que conectamos con el otro y con el mundo desde nuestra unicidad.
Implica tomar conciencia de los valores morales que rigen nuestras decisiones de inclusión y exclusión, lo que nos gusta y no nos gusta de uno mismo y del otro, lo que aceptamos y toleramos, o de plano lo que evitamos y hasta cancelamos.
Es calibrar una brújula moral propia, única e individualizada, que se manifiesta en expresiones o la ausencia de las mismas.
De hecho, creo que muchas veces el silencio lleva más valor que los discursos cuando se trata de buen gusto, porque si estos no se entregan con el tono adecuado, a través del medio correcto, y en el momento preciso, se pierden en un mar de lo mismo.
Valentía y transformación
Desarrollar el buen gusto es incómodo porque expone lo que en el pasado nos avergonzó, lastimó, o fue motivo de rechazo.
Por ejemplo, reconocer que "no siempre nos hemos comportado a la altura de las circunstancias, no siempre nos hemos vestido adhoc a la ocasión, no siempre hemos sido valientes y directos, no siempre hemos sido considerados y decorosos, y que no siempre nos hemos expresado correctamente", puede resultar incómodo y doloroso, pero son precisamente todas esas experiencias las que van calibrando la brújula moral, porque nadie volvería a elegir conscientemente lo que no le conviene.
Y luego hay que ir un paso más allá: tomar la decisión de distanciarse de ciertas personas, de dar unfollow sin culpa, de deshacerse de ropa que ya no refleja la personalidad, de dejar de frecuentar ciertos lugares, y remover el apoyo a lo que ya no se alinea con los nuevos valores.
Por eso requiere valentía.
Porque nada nos exime de las consecuencias o las reacciones del otro, como la crítica, ni de transitar la soledad tan peculiar que se vive cuando perseguir validación externa deja de tener sentido porque se ha encontrado en uno mismo el propio ideal de la justa medida de lo necesario y nada más.
jorge@pendulumswing.org