Las arenas movedizas del orgullo
Quienes me conocen personalmente saben que no tengo problema en hacer full disclosure de mi orientación sexual, pero quienes me conocen todavía mejor saben que nunca he dependido de ello para definir mi identidad o mi valor.
Desde 2011 tengo claro quién soy, y nunca he necesitado banderas de colores ni salir a marchar para saberme digno de derechos, respeto, cariño, amistades, oportunidades, y un lugar en la sociedad.
No recuerdo la última vez que fui o me sentí discriminado.
Honestamente, a veces mi cerebro no registra esas señales. Seguramente ha pasado, pero dado que mi aura es amenazante, pocos se han atrevido a ofenderme de frente. Además, soy alto, robusto, y aprendí a pelear en el Tae Kwon Do, un arte marcial cuyo principio fundamental es el autocontrol, o sea, evitar la confrontación en la medida de lo posible, porque "la verdadera maestría reside en usar tu astucia para no necesitar pelear".
Pero esa es mi experiencia personal.
Y aunque yo no me identifico como víctima, en el pasado los homosexuales sufrieron persecuciones políticas y legales, abusos a su dignidad humana, y discrminación sistemática e institucional.
No sólo durante años, sino durante SIGLOS enteros.
Todavía en la década de los 2000s, en México, la homofobia casual era común, tanto en la vida cotidiana como en los medios de comunicación masivos– los comediantes hacían chistes de pésimo gusto en televisión abierta, y mostrarse abiertamente diferente en público era un riesgo reservado para las y los valientes. El bullying en la escuela estaba garantizado, y el acceso a oportunidades de trabajo y movilidad social estaba condicionado a que "no se te notara".
Y aunque en México conectamos y establecemos lazos de confianza a través de las bromas y los insultos inocentes (carrilla), la línea entre carrilla sana y juicios malintencionados es muy delgada.
Por eso celebro que durante la última década se haya logrado al menos aligerar esa carga para quienes veían su dignidad pisoteada por autoridades indiferentes (y hasta violentas), y que esas realidades humanas hayan dejado de ser motivo de persecuciones ciegas.
Pero a más de una década de que en México y USA se haya distorsionado por decreto el concepto de matrimonio -aún existiendo ya marcos legales que reconocían derechos civiles para los homosexuales sin necesidad de llamarle así- queda claro que el movimiento pasó de exigir derechos e igualdad, a ser el paraguas legal de entidades que se aprovechan de la victimización legítima y la vulnerabilidad emocional para oprimir a millones de personas, requiriendo de ellas la voluntad para delegar su moral y su relación personal con La Verdad.
Así que cuando me preguntan sobre Orgullo LGBTQ+, mi postura es cautelosa, porque entiendo de primera mano que la dignidad y los derechos humanos son universales e innegociables, pero también intuyo que no es un movimiento inofensivo, porque debemos aspirar a crecer en las virtudes desde la individualidad, en lugar de entregarnos por completo a la espiral sin fin del vicio en la colectividad.
El vicio del Orgullo LGBTQ+ es sutil y engañoso, porque vende la idea de una vida sin el duelo que causa el rechazo, y sin el peso de la responsabilidad de los propios actos, prometiendo "espacios seguros" y "justicia social" a cambio de salir a marchar un sábado de junio.
Pero nada en la vida real es así.
Y de hecho es muy peligroso comprarse esa idea.
Aprender a sostener el dolor del rechazo es parte fundamental del proceso de crecer, aceptarse y conocerse plena y profundamente; toda acción tiene consecuencias; ni el otro ni el estado tienen la obligación de resolver carencias emocionales ni exigencias narcisistas personales; y si algo parece muy bonito para ser verdad, pues muy probablemente ni es bonito ni es verdad.
Y no estoy generalizando porque seguramente habrá encuestados de mi story de instagram que son personas responsables consigo mismas y con el otro, y que sostengan día a día una relación personal con La Verdad.
Pero el principio fundamental del Orgullo LGBTQ+ exige que la persona afirme sentirse "orgullosa" de ser tan permisiva consigo misma, no sólo en la intimidad de la sexualidad (que eso ya es cosa de cada quién), sino en el propio narcisismo.
Y si bien yo ya no voy a las marchas, entiendo que también es parte del proceso.
Como persona con rasgos narcisistas en recuperación, hoy veo a los marchantes de este año como personas que están "a 2" de darse cuenta...
- De que no está mal que vivir una orientación sexual divergente, pero sí es un error poner todo el valor personal en ese único rasgo y descuidar todos los demás,
- De que sanar el vínculo con papá y mamá es doloroso, costoso, y cansado, pero es la única manera de dejar de vivir desde el cuarto oscuro de la victimización,
- De que el estado sí tiene que garantizar derechos y equidad para todos, pero no tiene por qué reconocer privilegios para nadie,
- De que el rechazo social es parte del proceso de crecer, y es contraproducente evitarlo a toda costa,
- De que hay que conocerse a uno mismo para que nadie pueda venir a decirte quién eres...
Supongo que está bien ir a las marchas, pero mi punto es que elevar nuestra conciencia requiere encontrar nuestra propia fuerza personal individualmente, en lugar de delegar esa responsabilidad al colectivo. 👼
Y si a caso alguien me malinterpreta, a propósito o por ignorancia, que sepan también que a mis 33 años por fin le perdí el miedo a la funa, y que no descarto debatir el tema.
Como dicen que dijo Voltaire, "podré no estar de acuerdo con lo que dices pero defenderé tu derecho a expresarlo".
jorge@pendulumswing.org